La deshumanización capitalista
El capitalismo
Una crisis sistémica
Post-capitalismo

La deshumanización capitalista


¿Cómo se experimenta la deshumanización en el mundo de hoy?

La cualidad esencial que nos define como seres humanos plenos es la libertad. Cuando un determinado medio social favorece su ampliación progresiva, entonces podríamos hablar de una sociedad humanizada.

Sin embargo, el capitalismo neoliberal globalizado que nos rige, aún cuando declama promover la libertad individual, en realidad hace exactamente lo contrario porque bajo su influjo nos hemos reducido a ser simples máquinas productoras y consumidoras. Es decir, nos ha transformado en mercancías, nos ha cosificado.

El valor central de este sistema es el dinero y todas las categorías sociales están determinadas por ese factor. El éxito o el fracaso, la aceptación o el rechazo social, el tipo de relaciones que se establecen entre las personas dependen del dinero que, a estas alturas, ya se ha convertido en una tiranía universal condicionando la vida de los individuos, de los grupos sociales y hasta de los Estados. En definitiva, el dinero es gobierno, es ley y es poder.

Para la cultura del dinero, la infinita complejidad humana se reduce a una sola dimensión: el “cuánto”. Todo se puede comprar o vender. Esta mirada deshumanizadora define a las personas de acuerdo a su “estatus”, siempre medido en relación a sus ingresos. Sin embargo, este reduccionismo extremo ha derivado en una desintegración del tejido social y el advenimiento de millones de seres humanos desconectados e indiferentes entre sí. Es tarea del humanismo reconstruir esos vínculos destruidos por la deshumanización.

El capitalismo


El capitalismo especulativo globalizado de hoy ha permitido la mayor acumulación de la riqueza en pocas manos de la historia humana y ha conducido al mundo a una verdadera tiranía del dinero. Todo depende del dinero, y al estar éste concentrado, entonces se transforma en un factor de poder absoluto: el paraestado. Tanto los Estados como las empresas y las personas dependen del crédito, de modo que dan garantías a la banca internacional para que pueda hacerse cargo de las decisiones finales.

Este poder paralelo totalitario se ha montado sobre la tendencia mundializadora del proceso humano para homogenizar todo, colaborando de este modo a acentuar la condición de sistema cerrado y con ello acelerar la crisis (globalización). Todos los problemas que hoy vivimos tienen el mismo origen y, sin embargo, es de lo único que no se habla. Seguramente, está operando alguna forma de hipnosis que es necesario romper para poder actuar.

La acción del capital financiero internacional ha generado una sociedad completamente deshumanizada, porque ha priorizado las exigencias del dinero -una abstracción- por encima de las necesidades humanas reales y concretas (salud, educación, vivienda, calidad de vida, etc.). Además, incentiva al interior de la sociedad conductas y formas de relación de tipo animal propias de la concepción sociológica del darwinismo social.

Una crisis sistémica


Hoy formamos parte de un sistema social cerrado. En un sistema de ese tipo, las diversas estructuras que lo componen entran en un proceso entrópico y tienden a perder energía y orden. A ese fenómeno lo llamamos “desestructuración”. La dificultad principal que acarrea esta situación es que se verifica una ruptura de la tendencia universal hacia la superación de lo viejo por lo nuevo. Esa dinámica procesal se sostiene en la interacción dialéctica de la generaciones, de manera que cuando esta relación se rompe, el sistema en su conjunto tiende a descomponerse.

Hoy se esta expresando con toda su fuerza un fenómeno que ya era detectable como tendencia hace mas de 20 años: lo que algunos llaman “crisis de las instituciones”, pero que en definitiva es parte de ese fenómeno de desestructuración general, que se manifiesta en los bloques regionales, en los estados nacionales y en sus instituciones; y que en sus límites mínimos ha llegado a las organizaciones sociales de base, al simple vecino y al individuo.

Cuando la pérdida de energía del sistema es muy grande, las estructuras que lo componen pierden su capacidad de modificarse para adaptarse flexiblemente a nuevos momentos y nuevas circunstancias, se rigidizan cada vez más hasta colapsar definitivamente (como sucedió en la U.R.S.S.). Si se quisieran encontrar soluciones nuevas para recuperar la dinámica procesal y la capacidad de adaptación creciente (dado el hecho de que las que hoy circulan responden a otras circunstancias históricas) sería necesario abrir el sistema.

Post-capitalismo


Que el capitalismo esté en crisis no es ninguna novedad porque siempre lo ha estado, salvo durante ese período al que se ha denominado “los 30 gloriosos” (1945-1973). El esquema de producir mucho con ingentes beneficios solo para unos pocos es propio de este sistema y nadie debiera sorprenderse entonces por sus resultados injustos. Además, durante sus más de 200 años de vigencia ha vivido otras crisis muy profundas, las cuales también han afectado de manera cruel y dolorosa a la ciudadanía, sin embargo ha seguido sobreviviendo.

Las opciones socialistas que en su momento surgieron en oposición al capitalismo, que priorizaban las necesidades humanas por encima del afán de ganancias, también fracasaron (las razones y causas de ese fracaso debieran ser motivo de estudio), de manera que este sistema ha terminado hegemonizando el mundo, de manera que su crisis es entonces también global.

Entendemos que el problema de fondo no está en la crisis en si, sino en el hecho de que ella se produce en un contexto de sistema cerrado. Si este no fuera el caso, seguramente ya habrían surgido opciones para reemplazar al capitalismo decadente.

Hoy ya es evidente que se carece de una clara dirección de cambio y todo queda a expensas de la simple acumulación de capital y poder. El resultado es que al interior de un sistema cerrado no puede esperarse otra cosa que la mecánica del desorden general. La paradoja de sistema nos informa que al pretender ordenar el desorden creciente se habrá de acelerar el desorden. En definitiva, no hay otra salida que buscar una forma de abrir el sistema.

En este caso específico, dicha apertura implica darle curso por todos los medios posibles a la expresión de la subjetividad y la intención humana, y muy principalmente en el caso de las nuevas generaciones. Las respuestas no aparecerán mecánicamente y tampoco servirán soluciones del pasado, por más que aún estén ancladas en la memoria de muchos. La salida está en el futuro y esa dimensión del tiempo es patrimonio de las nuevas generaciones. Ese movimiento hacia el futuro es el que impulsa hoy las manifestaciones juveniles mundiales contra el cambio climático. No estamos hablando “poéticamente”, sino de descripciones muy precisas sobre dinámicas procesales en un contexto psicosocial. Si no entendemos cómo se comportan los procesos humanos, difícilmente podremos intervenir en ellos.

Así mismo, es urgente que asumamos que un crecimiento infinito no es posible en un planeta finito y que este modelo no fue concebido para distribuir sino solo para concentrar. Frente a esas evidencias, no tenemos más opciones que aplicarnos a encontrar soluciones de autogestión, colaborativas y sustentables, fundamentadas en valores éticos y ecológicos.

Es posible reconocer que en el interior del viejo sistema esta naciendo, silenciosamente y de manera casi desapercibida, lo nuevo, abriendo camino a nuevos valores y conductas que terminaran por reestructurar las formas de relación y organización social.

Los variados movimientos, sobre todo juveniles, surgidos al inicio de este nuevo siglo en diversos puntos del planeta, si bien no han logrado aún continuidad en su desarrollo, son indicadores de una poderosa fuerza social que está dando señales y que anuncian la posibilidad de un reemplazo de los valores del individualismo y la competencia por la colaboración y la acción colectiva. El Nuevo Humanismo tiene mucho que aportar en esta dirección.

Post-capitalismo


Que el capitalismo esté en crisis no es ninguna novedad porque siempre lo ha estado, salvo durante ese período al que se ha denominado “los 30 gloriosos” (1945-1973). El esquema de producir mucho con ingentes beneficios solo para unos pocos es propio de este sistema y nadie debiera sorprenderse entonces por sus resultados injustos. Además, durante sus más de 200 años de vigencia ha vivido otras crisis muy profundas, las cuales también han afectado de manera cruel y dolorosa a la ciudadanía, sin embargo ha seguido sobreviviendo.

Las opciones socialistas que en su momento surgieron en oposición al capitalismo, que priorizaban las necesidades humanas por encima del afán de ganancias, también fracasaron (las razones y causas de ese fracaso debieran ser motivo de estudio), de manera que este sistema ha terminado hegemonizando el mundo, de manera que su crisis es entonces también global.

Entendemos que el problema de fondo no está en la crisis en si, sino en el hecho de que ella se produce en un contexto de sistema cerrado. Si este no fuera el caso, seguramente ya habrían surgido opciones para reemplazar al capitalismo decadente.

Hoy ya es evidente que se carece de una clara dirección de cambio y todo queda a expensas de la simple acumulación de capital y poder. El resultado es que al interior de un sistema cerrado no puede esperarse otra cosa que la mecánica del desorden general. La paradoja de sistema nos informa que al pretender ordenar el desorden creciente se habrá de acelerar el desorden. En definitiva, no hay otra salida que buscar una forma de abrir el sistema.

En este caso específico, dicha apertura implica darle curso por todos los medios posibles a la expresión de la subjetividad y la intención humana, y muy principalmente en el caso de las nuevas generaciones. Las respuestas no aparecerán mecánicamente y tampoco servirán soluciones del pasado, por más que aún estén ancladas en la memoria de muchos. La salida está en el futuro y esa dimensión del tiempo es patrimonio de las nuevas generaciones. Ese movimiento hacia el futuro es el que impulsa hoy las manifestaciones juveniles mundiales contra el cambio climático. No estamos hablando “poéticamente”, sino de descripciones muy precisas sobre dinámicas procesales en un contexto psicosocial. Si no entendemos cómo se comportan los procesos humanos, difícilmente podremos intervenir en ellos.

Así mismo, es urgente que asumamos que un crecimiento infinito no es posible en un planeta finito y que este modelo no fue concebido para distribuir sino solo para concentrar. Frente a esas evidencias, no tenemos más opciones que aplicarnos a encontrar soluciones de autogestión, colaborativas y sustentables, fundamentadas en valores éticos y ecológicos.

Es posible reconocer que en el interior del viejo sistema esta naciendo, silenciosamente y de manera casi desapercibida, lo nuevo abriendo camino a nuevos valores y conductas, que terminaran por o reestructurar las formas de relación y organización social.

Los variados movimientos, sobre todo juveniles, surgidos al inicio de este nuevo siglo en diversos puntos del planeta, si bien no han logrado aún continuidad en su desarrollo, son indicadores de una poderosa fuerza social que está dando señales y que anuncian la posibilidad de un reemplazo de los valores del individualismo y la competencia por la colaboración y la acción colectiva. El Nuevo Humanismo tiene mucho que aportar en esta dirección.

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